CURVATURA: Laura Llaneli
Una curvatura es una desviación de la línea recta. Una desviación suave, casi imperceptible, que obliga a prestar atención de otra manera. El título de esta exposición nombra a la vez un gesto físico y una forma de moverse en el mundo, o de escucharlo. La muestra reúne obras que se desplazan hacia aquello que queda fuera del centro: los ecos, las reverberaciones y restos. Al prestar atención constante a las desviaciones y desbordamientos en los sistemas de organización, surge una tensión entre el deseo de estandarizar el sonido y la existencia de algo que siempre queda a la deriva.
Desde hace más de una década, Laura Llaneli trabaja con el sonido como objeto de estudio umbral. Le interesa aquello que ocurre justo antes de que algo suene o cuando ya ha dejado de sonar. El susurro, el silencio, la vibración mínima, el ruido de fondo, las frecuencias que pasan desapercibidas en medio de sociedades saturadas de estímulos. Su trabajo se acerca a lo infraordinario, a aquello aparentemente insignificante que, cuando se escucha con atención, transforma completamente la experiencia del espacio y del tiempo.
Las obras presentadas pertenecen a distintos momentos de su práctica, pero todas comparten esta misma inquietud. Nos obligan a afinar la escucha. El audio aparece como huella, podría ser una memoria comprimida o incluso un secreto, manifestándose como resonancia física y emocional. A veces no se percibe directamente; hay veces que solo se imagina, otras veces permanece como una frecuencia atrapada.
Contact Car (2026) parte precisamente de esa idea de reverberación retenida. Construida a partir de la historia del espacio de la galería, que anteriormente fue un garaje, la obra activa la memoria sonora de aquello que ya no está. El coche aparece como un cuerpo que todavía contiene sonidos escondidos. Los ruidos leves, mínimos, son desplazados de aquello que normalmente asociamos al automóvil. No es el motor encendido ni la velocidad, sino fricciones y vibraciones casi imperceptibles, como si el objeto continuara resonando después de haber dejado de funcionar. La referencia al ASMR (Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma) atraviesa la pieza, pero desaparece la voz susurrante y permanece únicamente la proximidad física del traqueteo, unido al espacio sin terminar de revelarse.
La obra Tapping studies I (2026) prolonga ese gesto. La serie fotográfica recoge las manos como restos visuales de una acción que ya no sucede pero que continúa reverberando en la instalación. Del mismo modo que en Contact Car desaparece la voz, aquí el gesto queda suspendido y fragmentado en imágenes. Ver las manos y escuchar los pequeños golpes activa el movimiento en la memoria, como si el cuerpo completara aquello que falta.
Ese desplazamiento encuentra un contrapunto directo en Secretos (2025). Las micro SD contienen confesiones susurradas durante las acciones Hace tiempo que no te susurro… y The Whispering Cabin, realizadas entre 2021 y 2024. Los secretos existen almacenados dentro de las tarjetas de memoria, pero nunca serán oídos, permanecen sellados. El susurro aquí ya no es sonido sino posibilidad de sonido, una intimidad comprimida y muda. Si en la pieza del coche el ruido persiste sin voz, en Secretos la voz existe sin horizonte de escucha.
En Muted Crash (2025) y la serie fotográfica Ruido (2022), el elemento acústico vuelve a desplazarse hacia el terreno de la imaginación. Laura Llaneli plantea hasta qué punto las sonoridades pueden existir sin sonar. Los objetos parecen conservar una memoria acústica propia. Los platos suspenden la expectativa del golpe; las fotografías activan sonidos internos, subjetivos, recuerdos auditivos que aparecen al leer la imagen. La escucha emerge desde la experiencia acumulada de quien mira, desde asociaciones involuntarias, desde una resonancia colectiva construida por la memoria.
To hear the sea in a seashell (2026) trae la idea de curvatura de forma literal y física. El sonido mismo existe a través de ondas curvas. La caracola filtra y ecualiza el ambiente, devolviéndolo transformado por su propia estructura y acentuando determinadas frecuencias. La artista traduce esas frecuencias a acordes y notas musicales, intentando hacer entrar resonancias libres y difusas dentro de un sistema de convenciones afinadas. El gesto contiene una tensión constante entre deriva y contención, entre aquello que se escapa y el intento de ordenarlo. La caracola funciona así como un cuerpo acústico donde ambas fuerzas conviven.
La exposición, en ese sentido, no propone únicamente escuchar las obras, sino aquello que las rodea, oír también lo que hay dentro de nosotros, el ruido silenciado, el eco distante de fondo. Llaneli convoca desde el texto, desde el objeto y desde la ausencia, una idea de contención, remitiendo al sonido sin necesidad de generarlo. Reflexiona también sobre qué significa producir más ruido en un presente ya harto. Como una curva, las obras nos invitan a desviar la percepción. CURVATURA propone habitar esa derivación. Escuchar lo que apenas vibra, lo que todavía permanece.
