Se abre el telón: Elsa Casanova

Resumen

Se abre el telón y aparece “un animal”, así en indefinido singular; como si desde un gusano hasta un oso todos formasen parte de un homogéneo opuesto radicalmente a “el hombre”. Esta exposición forma parte de una investigación eternamente-en-curso que toma la taxidermia, la caza y los dispositivos de representación de la “naturaleza” como punto de partida para reflexionar sobre las formas en que imaginamos lo “animal”. ¿A través de qué miradas encuadramos, pensamos y nos relacionamos (o no) con aquello “natural” y “salvaje”?

Hace unos meses leí que los documentales de naturaleza suelen mostrar escenas de leones macho cazando para hacer el contenido más dramático y atractivo para el público[1]. Sin embargo, los leones se pasan la mayor parte del día durmiendo y generalmente son las hembras las que se encargan de cazar. Días después, visité el taller de un taxidermista, y delante de un león a medio montar con postura de ataque, pregunté: ¿por qué no representar al león tumbado para ofrecer una imagen más fiel a su comportamiento habitual? Se hizo un largo silencio mientras el taxidermista pensaba qué responder.

 

El taller estaba lleno de “animales” colocados sobre piedras artificiales y soportes de madera de nogal oscuro. Si les mirabas a los ojos, parecía que se fueran a escapar corriendo. Los ojos eran sólo dos bolas de plástico[1] . La escena recordaba a los dioramas de un museo, pero como si alguien se hubiera hecho un lío con la coherencia del ecosistema. Los animales, sustraídos de su hábitat, habían sido despojados de la piel, colmillos y cuernos. «Si los trofeos pasan unos baremos de homologación, algunos ganan medallas», me dijo el taxidermista refiriéndose a los colmillos y los cuernos. La piel se coloca sobre formas de espuma de poliuretano prefabricadas que reproducen posturas estandarizadas e idealizadas de la fauna representada.

 

En ese teatro hiperrealista con actores inmóviles pensé en el libro El patriarcado del Osito Teddy, de Donna Haraway, en el que explica que en los dioramas de los museos de historia natural se replican modelos familiares tradicionales inscritos en un orden heteropatriarcal. El macho se presenta como figura protectora dominante, la hembra aparece en segundo plano, y dos crías completan la escena. Y, aunque estas escenificaciones parecen “naturales”, son fábulas visuales que pretenden mostrar como “orden biológico” aquello que es una construcción sociocultural. Según Haraway, los dioramas no son dispositivos donde la “naturaleza” se limita a representarse, sino «mapas de poder que, a su vez, amenazan con gobernar a los vivos»[2]. Pensé también en Jacques Derrida, que sostiene que toda representación es siempre una traición, una traición enmascarada[2]  bajo una apariencia de objetividad científica. No le comenté nada de esto al taxidermista.

 

Mientras me señalaba las imperfecciones por reparar en la piel del león, todavía aguantada con agujas, el taxidermista me dijo: «Aún tengo que esconder la herida del tiro». La muerte es condición indispensable para poder sostener la mirada eterna con el animal; aún así, todo aquello que “incomoda” se retoca para hacerse invisible. La cicatriz, el cuerpo herido, decadente o fatigado se esconde, generando una distancia con la violencia inherente de la práctica. El cuerpo se repara para que permanezca eterno bajo parámetros de “perfección canónica”, el animal invulnerable, embellecido y, ¡que la función nunca termine!

 

En el león había una única herida de arma a ocultar. Un solo disparo en el blanco de la diana: el tiro perfecto. «No se caza por matar, sino al revés, se mata por haber cazado»[3]. La lógica del arreglo de la piel me recordó a los parches utilizados en los campos de tiro que sirven para cubrir los impactos en las dianas de entrenamiento, pequeños gestos de reparación que permiten que se pueda continuar ensayando el disparo perfecto. Si la diana estuviera toda llena de parches parecería confeti, pero sin nada que celebrar. El león era como una diana con un solo parche en el centro del blanco. «Tener el trofeo en casa es el testimonio tangible de un logro», mencionó el taxidermista.

 

Aunque esta práctica ha ido perdiendo popularidad con el tiempo, sigue siendo un claro reflejo del impulso humano por retratar la naturaleza. La taxidermia no solo captura la fauna salvaje en su permanencia, sino que también desvela una forma particular de relacionarse con la naturaleza. La representación de un león está configurada por imágenes ya existentes del animal, aquello que supuestamente “es” y a la vez moldea y fija una comprensión futura sobre aquello que “será”, formando un bucle. Si trasladamos la noción de “performatividad” de Judith Butler a esta práctica, podemos entenderla como un dispositivo donde la “naturaleza” no se limita a representarse, sino que se produce mediante repeticiones materiales. Representar a un león en posición de ataque no sólo “refleja” sino que también “refracta”. Esto tampoco se lo comenté al taxidermista.

 

 

 

 

 



[1] En el prólogo de “Palmer, Chris. Shooting in the Wild: An Insider's Account of Making Movies in the Animal Kingdom (2011)” Jane Goodall se pregunta: ¿Y cuánta libertad artística debería concedérsele al guionista de un documental de naturaleza? ¿Podemos tolerar interpretaciones antropomórficas del comportamiento con el fin de ganarse la simpatía de los espectadores o de provocar la risa?

 

[2] Haraway, Donna. Teddy Bear Patriarchy: Taxidermy in the Garden of Eden (1984).

 

[3] Ortega y Gasset, José. Meditaciones sobre la caza (1942)