El ritual (perdido) de la inauguración

Marc Caellas
February 9, 2022
Abdelkader Benchamma, "Sans titre 14", 2010.
Abdelkader Benchamma, "Sans titre 14", 2010.

frecuentemente
cuando estoy sentado
en una silla
y estoy solo
y no he dormido
ni comido ni bebido
ni amado
tengo la impresión
de caer en un abismo
amarrado a mis vestidos
y a mi silla
y de irme muriendo suavemente
acariciando mis vestidos
y mi silla
tengo la impresión
de caer en un abismo
y de improviso asistir
a una remota fiesta
en el fondo de una estrella
y de bailar en ella
tiernamente
con mi silla

Jorge Eduardo Eielson
 

¿Por qué son tan aburridas las inauguraciones de las exposiciones? ¿Por qué seguimos yendo? ¿Qué nos mueve del sillón de casa? ¿La curiosidad por la nueva obra de un artista que nos interesa, la posibilidad de encontrarnos con algún amigo o el deseo de ampliar las relaciones sociales?


Si lo que interesa es la experiencia estética, es sabido que el día de la inauguración es el menos indicado para disfrutarla. Demasiada gente, demasiado ruido, demasiadas distracciones. Algunos creemos que en las inauguraciones debería pasar algo más que ese bajar el telón. Inaugurar una exposición como quién inaugura un pantano, mostrando la obra finalizada, bien hecha, útil a la sociedad, sabe a poco. Al espectador de una inauguración apenas se le pide que esté presente, y de buen ánimo, que salude sonriente y que se coma el improbable canapé sin perder la compostura. Se habla de activar las obras cuando se organiza una performance, una intervención o un concierto inspirado o relacionado con las mismas. Lo extraño es inaugurar obras o muestras desactivadas. Me suena a café descafeinado, cerveza sin alcohol o marihuana sin THC ¿Cuál es la gracia del asunto?


Si lo que interesa es encontrarnos con los amigos artistas, o artistas amigos, quizás es bueno que sepan que hay un artista en Barcelona que hace años que lleva un fichero de todas las personas relevantes, a su juicio, que conoce en las inauguraciones. Cada ficha contiene el nombre de esa persona y la información de contacto, mail o teléfono; en qué galería, centro de arte o museo se conocieron; una transcripción de las charlas que tuvieron (a menudo grabadas en secreto con su teléfono móvil). Si establece confianza y se encuentra con esa persona en otros saraos, el artista agrega esa información adicional a medida que la conoce: preferencias sexuales, artistas admirados, anhelos secretos, logros significativos, cumpleaños, nombre de sus amantes. A través de esta actividad, el artista espera obtener, al fin, cuando en unos años lo exhiba, cierto reconocimiento en el mundo del arte. Creo que ese fichero es la obra más importante de este artista. ¿Quién organizará la inauguración de su muestra?


Si lo que interesa son las relaciones sociales, si no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía, es hora de aprender que actuar es un arte serio, una acción solemne que involucra tanto al cuerpo como al espíritu. Los actores del mundillo cultural necesitan prepararse con atención y conciencia para interpretar su rol social. Ya sean coleccionistas, artistas, cronistas o arribistas, unos estiramientos antes de entrar, unas respiraciones o un par de sorbos de la petaca en un rincón son imprescindibles para que no les pase factura actuar sin preparación. Es el momento entonces de dar un paso al frente y hacer acto de presencia en el escenario, galería o museo. Con dotes de observación y cierta habilidad en el zigzagueo se improvisa el abordaje a un desconocido por sorpresa y se logra captar su atención durante un período de tiempo suficiente para darse a conocer. Llegan de golpe una serie de sentimientos: aceptación, aprobación, seguridad en uno mismo. Toca sostenerlos in situ. No hay un vestuario a donde retirarse y descansar. Es una única función y por tu desempeño en ella te juzgarán. Suerte.


Quizás deberíamos acudir a los vernissages con otra actitud, como quien asiste a una fiesta y no a un evento. Sería una manera de aparcar el ego, centrar la atención y olvidarse de uno mismo por un rato. El evento es la versión consumista de la fiesta. En un evento no se estrechan lazos ni se construye comunidad. En una fiesta sí. "El tiempo de la fiesta es un tiempo sublime", escribe Byung-Chul Han en La desaparición de los rituales, texto en el que lamenta la pérdida de los ritos en aras de la enfermiza obsesión por la comunicación permanente. "Quien se entrega a los rituales tiene que olvidarse de sí mismo. Los rituales generan una distancia hacia sí mismo, hacen que uno se trascienda a sí mismo. Vacían de psicología y de interioridad a sus actores."


Sostengamos el tiempo del vernissage para que sea eterno. Seamos intensos, estemos presentes, conectémonos.

"Lo que de veras fue no se pierde. La intensidad es una forma de eternidad"
Jorge Luis Borges.