TERESA SESÉ
Barcelona
En los legendarios y convulsos Encuentros de Pamplona, que en los días previos a los sanfermines de 1972 llenaron las calles de la capital navarra de poesía, música, arte y acción, el Equipo Crónica (Manuel Valdés y Rafael Solbes) colocó cien monigotes con gafas oscuras, como si fueran policías secretas o comisarios franquistas, entre el público del Frontón Labrit. Aquella presencia múltiple y vigilante, que titularon Espectador de espectadores, despertó el furor del público, dividido entre quienes optaron por derribarlos y los que se los llevaban a casa. Uno de los supervivientes (otros forman parte de importantes museos, como el Reina Sofía) se sienta estos días en el palacete modernista del Círculo Ecuestre. Está de espaldas al gran ventanal que da a la Diagonal y da la bienvenida al espacio con el que la galería madrileña Guillermo de Osma participa en la séptima edición de la feria de arte By Invitation.
La iniciativa nació en el 2020 «como un soplo de aire fresco para acercar el arte a la sociedad barcelonesa después de tantos meses encerrados por culpa de la pandemia», recordaba ayer Enrique Lacalle, su impulsor, momentos antes de que los salones se llenaran de coleccionistas, de Barcelona y llegados de fuera, atraídos no solo por la singularidad de poder pasear y contemplar arte en un espacio doméstico que nada tiene que ver con la frialdad del recinto ferial, sino también por la coherencia y calidad de unas propuestas que año a año no han dejado de crecer. «Es la única feria del mundo que le gusta a mi padre, aunque este año le ha sido imposible venir», admitía Leonor de Osma, que ha diseñado un espacio digno de museo, con obras de Torres-García —un paisaje de Terrassa de 1916 y un juguete—, Óscar Domínguez, Aurèlia Muñoz (que actualmente tiene una retrospectiva en el Macba), Tàpies... «Para nosotros no se trata solo de vender, sino que venir aquí es una gran oportunidad para mantener contactos con el público barcelonés», señala.
Más allá del arte, By Invitation, que permanecerá abierta hasta el domingo, es también una oportunidad para recorrer uno de los edificios más exclusivos de la ciudad, reservado solo para socios, pero que estos días abre sus puertas a todo el mundo. Basta con entrar en la web de la muestra o en las redes sociales de la entidad y descargarse la invitación con el título de su actual edición, Tramas abiertas, que bajo el comisariado de Mariella Franzoni, la directora artística de la feria, reúne 24 proyectos expositivos.
«La feria ha ido ganando carácter, profesionalidad, público y calidad de público», comenta el galerista, que señala la pieza más singular de un estand lleno de piezas singulares: una escultura de madera del primer Moisés Villèlia (1954), de las pocas que se han conservado y además con su firma. La vende por 38.000 euros, y está felizmente acompañada de una vista de las Ramblas de Torres-García, de 1918 (80.000 euros), una Aurèlia Muñoz o una Magda Bolumar. Cerca del 50% de las artistas participantes son mujeres. ¿Ventas? «Sí, por supuesto que se vende», responde Doménech, «aquí o después en la galería», y los clientes son tanto barceloneses como expats.
Pero no todo es placidez en las dependencias del Ecuestre. Aquí también se respiran aires de revuelta. La barcelonesa de origen camerunés Agnès Essonti Luque (Bombon Projects) ha realizado una serie de banderas con estampados hechos en Países Bajos para ser vendidos en África y a los que, en colaboración con el colectivo Top Manta, incorpora proverbios en pidgin, una suerte de lengua franca camerunesa: «El error del tonto es lo que come el listo» o «El mono no es guapo pero su mamá lo quiere igual».
Las propuestas van de los grandes de las vanguardias a lo más rabiosamente contemporáneo.
En ADN, Eugénio Merino hace trizas literalmente la Constitución Americana y recubre un pasaporte de Palestina con una de esas mantas térmicas que se utilizan para emergencias. En Ethall, Idoia Leache hace añicos señales de tráfico y Andrea Mastrovito, el autor del Cordero de Dios de la Sagrada Familia, transformó la biblioteca del exquisito Salón Oriental (Lab36 + Senda) en unas barricadas, tras las que se esconden revolucionarios que se tapan la cara con pañuelos y en las que los libros ejercen de escudo a la barbarie. Libros, la mayoría de los cuales tuvieron una presencia en la Guerra Civil, de André Malraux al Orwell de Homenaje a Catalunya, pero también La plaça del Diamant de Rodoreda o Incerta glòria de Joan Sales. Y sin pretenderlo, la crisis de la vivienda se cuela en la galería Beta, donde se puede observar cómo la obra de Laia Garcia Adell abandona los grandes formatos tras perder su casa-taller y se reinventa en pequeñas acuarelas.

