Mujeres que cargan animales: Gema Polanco

Resumen

Por David Morán

 

Tiembla la tierra, el suelo se abre y una amalgama de rocas y cascotes parece querer devorarlo todo. Arden los bosques y los campos hasta el límite del horizonte. Los ríos se desbordan y el mar borra las orillas, arrastrando todo lo creado a su paso, hasta acumularlo en una masa de restos informes en el centro árido de las penínsulas. Es el mundo convertido en devastación permanente como consecuencia de la acción humana.

“Cuando la luna está en su punto más alto y resplandeciente, escalamos la grieta hasta donde crecen las flores, las cogemos de manera que haya mucho rojo, y dejamos que el agua mane desde el manantial hasta allí” 
Doris Lessing
 
Tiembla la tierra, el suelo se abre y una amalgama de rocas y cascotes parece querer devorarlo todo. Arden los bosques y los campos hasta el límite del horizonte. Los ríos se desbordan y el mar borra las orillas, arrastrando todo lo creado a su paso, hasta acumularlo en una masa de restos informes en el centro árido de las penínsulas. Es el mundo convertido en devastación permanente como consecuencia de la acción humana. Y, sin embargo, en mitad de la confusión, se recupera un espacio de posibilidad. Cuando todo arde, es común ver a mujeres cargar animales, niños y ancianos; proteger sus casas, salvar cultivos y crear redes vecinales de rescate en las que no hay unas vidas más importantes que otras, entendiendo que todas dependen de un mismo tejido de relaciones.
 
Es al ver a estas mujeres, en los noticiarios de un verano marcado por la catástrofe, cuando Mujeres que cargan animales, primera exposición individual de Gema Polanco (Valencia, 1992) en ADN Galeria, empieza a tomar forma en la imaginación de la artista. Compuesta por trabajos recientes que dialogan con obras anteriores, fundamentales en su trayectoria, la exposición ofrece una introducción precisa a su práctica, muestra sus inquietudes más recientes y adelanta los horizontes conceptuales hacia los que se dirige su trabajo. 
 
Aunque no se formule como un programa político explícito, la obra de Gema Polanco se sitúa en un lugar de fricción contra discursos que exaltan el uso de la fuerza y desprecian las formas comunitarias de apoyo y cuidado. En este contexto, el gesto de proteger y sostener aparece como una forma de posicionamiento frente a dichos discursos: reivindica la vulnerabilidad no como debilidad, sino como una fuerza capaz de crear espacios de resistencia. Pero la exposición no se limita a representar ese gesto. También pregunta por el imperativo que exige a algunos cuerpos sostener, reparar y proteger aquello que otros abandonan. ¿Qué cambia cuando el cuidado —relegado durante tanto tiempo al ámbito privado por determinadas lógicas productivistas— se reconoce como una condición pública de la supervivencia colectiva?
 
En La grieta, atípica fábula sobre el inicio de la andadura de la especie, Doris Lessing imagina una comunidad inicial de mujeres cuya aparente autosuficiencia se altera con la llegada de los hombres. En la novela, Lessing, más que ofrecer una oposición estable entre lo femenino y lo masculino, ensaya una ficción de origen desde la que pensar cómo se distribuyen el riesgo, la dependencia y la responsabilidad de cuidar; es decir, aquello que debería concernir a todos. A medida que avanza el relato, la autora británica pone en boca de las mujeres su asombro ante la despreocupación de algunos hombres hacia ellas y hacia las niñas y los niños que van naciendo y poblando el mundo. “¿No os preocupáis por nosotras? ¿No os importamos?” es el estribillo que atraviesa la novela.
 
Y es precisamente sobre esa fractura donde la artista asienta una propuesta expositiva que se articula en torno a tres acuarelas de gran formato en las que mujeres protegen animales. Estas dialogan con una serie de dibujos articulada en torno al motivo recurrente de la lágrima y con una de las características banderas de la artista, que cierra el recorrido. En conjunto, estas obras despliegan el arco afectivo de la exposición: del cuidado al duelo, del dolor a una persistencia no exenta de conflicto. 
 
En las acuarelas de gran formato, reunidas bajo el título Mujeres que cargan animales cuando todo arde, las figuras operan no solo como símbolos del cuidado, sino como sujetos con agencia, capaces de enfrentarse a las lógicas de dominio y control que las rodean. Su cuidado no es acrítico: sus gestos inscriben una posición ante aquello que presencian.
 
Una de ellas pasa junto a nosotros con indiferencia y desdén mientras salva a un perro y a un ciervo. Otra nos da la espalda, como si quisiera devolvernos la responsabilidad de nuestros actos. Una tercera se yergue frente a nosotros, desafiante, sosteniendo una cría de la que no podemos determinar si duerme, espera ser alimentada o acaba de morir.
 
En las tres figuras se intuyen la rabia ante la destrucción y una oposición radical a la explotación indiscriminada del entorno. Todas permanecen en pie o avanzan con dignidad; ninguna acepta el orden de una sociedad que “no cuida”
 
La potencia con que nos interpelan —su llamada a revisar los modos en que organizamos el afecto, el trabajo y la dependencia— irradia la galería mediante un montaje en el que las acuarelas desbordan los límites del papel y del marco. Al extenderse por las paredes pintadas de la sala, la imagen se apropia del espacio expositivo.
 
Junto a estas figuras, los dibujos dedicados al motivo de la lágrima dialogan con la bandera que cierra el recorrido, con el lema No sentir nada / Y sentirlo todo. Estas obras ponen el foco en la parálisis y el duelo que produce la magnitud del desastre. Las mujeres que cargan animales no quedan, por tanto, al margen de este duelo. Sostener la vida tiene un precio: un agotamiento que abruma y angustia. 
 
No obstante, las lágrimas, que operan como imagen de un dolor punzante y real ante la destrucción y la calamidad del mundo, pueden convertirse en llamas, o alas, como sucede en varios de los dibujos aquí mostrados. Los estigmas y las heridas pueden servir para despertar la conciencia o encender nuestro sentimiento de revuelta. 
 
Algo me pincha, nos dice la artista. En estas piezas hay dolor, pero el dolor no se convierte en pasividad: puede desencadenar la decisión de retirar el afecto de quien no sabe cuidarlo. Esa retirada aparece condensada en la frase: Si me tratan de atrapar, me voy sin mirar atrás. No constituye una huida, sino una forma delicada e implacable de límite. ¿No depende, al fin y al cabo, la vida humana de redes de dependencia mutua?
 
Estas mujeres que cargan animales, estas presencias iracundas que acusan la ausencia de cuidados seguirán generando vida y significado sobre las ruinas de aquellas instituciones incapaces de sostener las condiciones necesarias para su propia continuidad. Porque ¿acaso no basta un resquicio entre los escombros para que una delicada brizna de hierba vuelva a anunciar el resurgir de un mundo nuevo?
 
David Morán Álvarez, septiembre de 2026 
Obras