En la cuarta planta del museo de la Reina Sofía se encuentran fotografías que interrogan el cuerpo desnudo de la mujer, en este caso española pero también de todas las mujeres.
Primero, un gran muro de clichés de Esther Ferrer tomados en 1977 en París en el estudio Lerin que son la captación de una performance «Intimo y personal». Es una serie en blanco y negro de la artista desnuda que mide diversas partes de su cuerpo con una cinta métrica marcando cada parte medida con un punto, un número o una nota musical. El cuerpo de Esther fotografiado en una habitación vacía, con una silla a veces, violentamente iluminado, es extremadamente vulnerable. Íntimo porque toma conocimiento de su cuerpo por la medida que ella misma hace de él, exploración de su territorio que se une al eslogan feminista de los años 1970: la libertad de disponer de su cuerpo.
Ella recorre su cuerpo.
No hay ninguna mirada estetizante y esta ausencia de preocupación estética es una rebelión, la afirmación de un sujeto libre. Se entrega a una medida que parece absurda pero que denuncia el culto del cuerpo perfecto, el del canon académico que viene del hombre de Vitruvio encerrado en un cuadrado y un círculo con proporciones llamadas perfectas. Ataca el canon de la belleza académica, la representación de un cuerpo femenino que debe ser seductor, el que está pegado en los muros y ultramediatizado.
A algunos metros del muro de Esther Ferrer se encuentra una gran fotografía, también en blanco y negro, de Marina Vargas que se titula «Romper el canon» de 2021. El canon del griego Kanon significa «regla» o «estándar» evocando una regulación casi militar, elemento con connotación religiosa en origen. Remite a los textos y a los objetos que las instituciones académicas establecen como los mejores y es depositario de un valor estético transhistórico. Los cánones son defendidos con un celo casi teológico que indica más que una coincidencia histórica entre los usos eclesiásticos de la palabra a propósito de los textos autentificados de la biblia y su función en el tradicionalismo cultural.
Establece lo que debe ser estudiado como modelo. Marina Vargas, además, se pone en situación de modelo en una escena muy clásica: en la sala de dibujo del Círculo de Bellas Artes toma la pose frente a artistas masculinos, desnuda, el brazo izquierdo tendido, el torso atravesado por una cicatriz de mastectomía. Su cuerpo está fuera de norma, dañado por la cirugía y la quimioterapia.
Declara la guerra al canon de la belleza femenina fundado por las élites masculinas, el puño cerrado, en recuerdo quizá del cuadro de Delacroix «La libertad guiando al pueblo». Invierte también el papel de los protagonistas, los artistas masculinos son objetos puesto que ella es la comitente de la representación. Ya no es un simple modelo y toma el poder como artista. Se convierte en una heroína.
Esther Ferrer no cree que el arte pueda cambiar la sociedad pero que puede estimular el pensamiento, ayudar a vivir. Marina Vargas, trascendiendo la fragilidad y la vulnerabilidad del cuerpo femenino y dándola a ver en el espacio colectivo del museo, está en el mismo objetivo: el de volvernos activos y renovar la mirada, hacer universal una experiencia individual, abrir un espacio de lectura diferente, fundar un canon sobre una genealogía materna.
La cuestión del canon masculino en el arte debatida desde 1971 con Linda Nochlin sigue siendo de actualidad y el tema del género es preponderante. Celebrar la feminidad y multiplicar las exposiciones de mujeres redescubiertas es olvidar que han sido coleccionadas y conocidas, que formaban parte de redes y el argumento del descubrimiento es vendedor.
Hay una promoción del «feminismo washing» desde hace varios años y una comunicación que vuelve estas exposiciones bankable y tiende a ocultar el genio en favor del género. Si para reivindicar que el artista es una mujer hay que añadir el calificativo «mujer» o el adjetivo «femenino» es que la posición del artista es ante todo masculina: no se sale de ahí. Enumerar las mujeres artistas y utilizar la retórica del olvido es rendir homenaje a su género más que a su genio. ¿No es finalmente oportunista?
Artista-mujer suena ya mejor que mujer-artista. De todos modos no son una categoría homogénea y si el genio es una bajada de lo divino en el hombre sin Dios según Arendt, hay que preferir a la deificación del hombre providencial la singularidad de la creatividad como definición del genio, la elección de la creatividad en su vida.
El binarismo es por supuesto necesario conservarlo para continuar el combate de las mujeres.
Referencias:
Nochlin, Linda. “Why Have There Been No Great Women Artists?” ARTnews 69, no. 9 (January 1971): 22–39, 67–71.
Pollock, Griselda. Differencing the Canon: Feminist Desire and the Writing of Art’s Histories. London: Routledge, 1999.
Claire Delhomme
Nacida en 1964, Claire Delhomme crece con una curiosidad insaciable por el mundo que la rodea. Muy pronto, el arte y la literatura se convierten para ella en refugios, terrenos de juego y fuentes de inspiración. Esta profunda sensibilidad hacia la creación nunca la abandonará.
Instalada en Perpiñán, se dedica a la cardiología, un ámbito donde la exigencia científica se encuentra con la atención hacia lo humano. Con el paso de los años, desarrolla una práctica reconocida, guiada por el rigor, la escucha y una verdadera pasión por su profesión.
Paralelamente a su carrera médica, Claire cultiva un vínculo íntimo con el arte contemporáneo. Coleccionista experimentada, le gusta recorrer galerías, exposiciones, museos y ferias, siempre en busca de obras capaces de provocar emoción o reflexión. Gran lectora, alimenta su imaginario con novelas, ensayos y poesía, convencida de que las palabras tienen el poder de transformar nuestra mirada sobre el mundo.
Durante el confinamiento, aprovecha ese tiempo suspendido para dedicarse a la escritura. De ese período nacen tres libros, que testimonian su necesidad de explorar, contar y transmitir. La escritura se convierte entonces en una nueva manera de unir sus pasiones: la observación, la sensibilidad artística y la comprensión de lo humano.
Hoy, Claire Delhomme continúa su camino entre la medicina, el arte y la literatura, fiel a esa energía creativa que la impulsa desde siempre.
