El suspense de Avelino Sala en CentroCentro

ars magazine - Hector San Jose

El artista ha inaugurado La tempestad. El jardín de los senderos que se bifurcan en la sala madrileña con el comisariado de Semíramis González, directora de LABoral en Gijón.

El suspense no es una emoción sencilla de transmitir a través del arte plástico. Lo que parece consustancial al cine y la música, la expectación sobre qué pasará a continuación y cómo, carece de la misma fuerza en los géneros no narrativos. Incluso la pintura figurativa y la fotografía tienen problemas en este terreno y se suelen quedar en el desasosiego, en la sensación de que algo no cuadra del todo.

Pero el suspense requiere, en cierta medida, el paso del tiempo. Hitchcock explicó el concepto con la escena de una cena en la que los comensales son ajenos a que la mecha de una bomba se está consumiendo. Un peligro que ellos no ven, pero nosotros sí, y según avanzan los segundos nuestra tensión crece: nos adelantamos a los acontecimientos.

 

Pero ¿cómo se crea esta sensación en una obra estática? La mecha puede estar prendida, pero en ese caso no avanza. El futuro hipotético está sugerido, pero no puede ser tan amenazante. Somos conscientes de la imposibilidad del cambio de la pieza.

Los artistas de obras inanimadas que se han interesado en este concepto han tomado distintas rutas. La que siguió Damien Hirst cuando conservó en formol un tiburón en La imposibilidad de la muerte en la mente de alguien vivo es de las más efectivas. La vera similitud obliga al espectador a enfrentarse con el objeto de sus miedos atávicos. Hirst dijo que quería «que la gente pensase que esa puta cosa podía devorarles».

Esa llamada a la realidad, dejar que la imaginación evoque no lo que va a ocurrir con la obra, sino lo que pasaría en el mundo “real”, es la estrategia que ha seguido Avelino Sala en su exposición en CentroCentro, la primera institucional en la capital del artista asturiano, comisariada por Semíramis González, directora de LABoral.

 

Titulada La tempestad en un juego de palabras que lleva al espectador desde Shakespeare, hasta Huxley pero que parte, como cuenta el artista, de Giorgione. El cuadro del mismo título, que muestra los minutos iniciales de una tormenta, con un esquivo rayo al fondo de la composición. «Es el momento previo al peligro», argumenta Sala.

Gracias a la colaboración entre la institución madrileña y LABoral –ambas actuando como centros de creación contemporánea y no solo como continentes– se han podido crear una serie de diez obras inéditas que trabajan, entre otros, con este concepto. Al visitante le recibe un gran punto rojo, una brevísima alfombra que hace referencia a los photocall, sobre el que se disponen una serie de cuchillos de resina transparente, Violencia invisible.

Hay una invitación implícita a colocarse bajo esas armas ficticias y exponerse a la perspectiva de una posible mutilación. El riesgo no existe sin la participación del público, que se ofrece como un cordero para el sacrificio.

 

En el otro extremo de la exposición –que se puede visitar en cualquiera de los dos sentidos– otra serie de piezas de resina titulada Dog days, esta vez de perros guardianes sentados en tres gradas, pone al visitante en el punto de mira. Es el movimiento de este el que crea la tensión.

En otras obras de la exposición, el suspense vive en las referencias al mundo real. Como en Washing Series, donde globos terráqueos están embadurnados de pintura con los colores de diferentes causas progresistas. Es un juego de palabras con las prácticas de marketing –Sala diría que superficiales y falsarias por naturaleza– de las multinacionales: greenwashing (ecología), pinkwashing (derechos LGTBI+), purplewashing (feminismos)

O en las sutiles plumas utilizadas como base para la reproducción de fotografías –sublimación mediante, para que no estallasen en combustión espontánea al entrar en contacto con las planchas de grabado– de sucesos actuales en las que el visitante podrá sobresaltarse con retratos de Trump, Musk, imágenes de genocidios o incursiones ilegales en territorios soberanos. Contemplarlos supone no poder evitar pensar qué aspecto tendrá el mundo en 10 años (eso sí que es suspense…).

 

El juego de palabras es otro elemento común a la obra de Sala, que despliega sus referencias con la videoinstalación de 4’ 33’’ de minutos de silencio o en las consignas recogidas en su Biblioteca de Babel, compuesta por “los libros que habría que escribir y leer para solucionar estos problemas”, tal y como explica el propio artista. O en el neón en honor a un verso de Alejandra Pizarnik, heroína del feminismo y la literatura contemporáneos.

En ese acercamiento semiótico a la obra de arte, también existe la deconstrucción de Un mundo feliz, en la que las banderas de los países integrantes de la ONU se disponen para deletrear el título de la novela de Aldous Huxley que en su versión original –A Brave New World– hace referencia a un verso de La Tempestad de Shakespeare (una irritante traducción ¿qué editor pensó que era aceptable la correspondencia brave-feliz?).

 

Esta obra en el corazón de la exposición nos lleva de nuevo al comienzo, con una relectura de su título, en el juego de palabras sin fin de su autor. La tempestad se podrá visitar hasta el 20 de septiembre.

May 6, 2026
of 309