La mayor parte de las funciones históricamente importantes del ojo humano están siendo suplantadas por prácticas en las que las imágenes visuales ya no remiten en absoluto a la posición del observador en un mundo “real”, percibido ópticamente.[1]
En el actual ecosistema hipervisual, las imágenes —producidas y distribuidas por lógicas políticas, mediáticas y mercantiles— operan como dispositivos de domesticación perceptiva. No solo saturan la atención, sino que configuran marcos de sentido que limitan nuestra capacidad para distinguir aquello que realmente importa. Tal saturación no es una labor neutral, sino que responde a una economía del deseo y de la distracción propia de un sistema neoliberal que captura la mirada y la orienta hacia objetos previamente codificados, inhibiendo toda apertura a lo inesperado.
Nuestros ojos ya no nos pertenecen. En un régimen dominado por dispositivos de captura —visuales, afectivos, cognitivos— la mirada se ha convertido en un territorio colonizado por estructuras hegemónicas que orientan, limitan y preconfiguran aquello que creemos ver. «El cuerpo, al convertirse en blanco de nuevos mecanismos del poder, se ofrece a nuevas formas de saber»[2], nos advirtió Foucault. La percepción individual queda absorbida bajo lógicas que exceden al sujeto, transformando la visión en un vector de control antes que en una facultad autónoma. Lo que por naturaleza nos pertenecía —la capacidad de mirar el mundo desde una interioridad propia— se diluye en un paisaje saturado de imágenes y retorcido hasta el paroxismo que determinan nuestros deseos y hábitos. Así, la pérdida no es solo sensorial, sino existencial: dejamos de ser dueños de nuestros ojos en la misma medida en que dejamos de ser dueños de nosotros mismos.
En este contexto, el arte crítico emerge como una contra-pedagogía de la mirada, capaz de fracturar los regímenes visuales que pretenden gobernar nuestra percepción. Frente a la domesticación sensorial promovida por las estructuras hegemónicas, el arte crítico introduce interrupciones y desvíos que reactivan la potencia interpretativa del espectador. Su función no es ofrecer nuevas certezas, sino producir fisuras en la automatización del ver, obligándonos a confrontar aquello que se oculta tras la ficticia transparencia de las imágenes. Al desarticular los códigos que naturalizan la mirada, el arte crítico reabre un espacio de autonomía perceptiva en el que la visión recupera su dimensión interrogativa. Así, más que representar el mundo “real” –guiñemos un ojo nuevamente a Jonathan Crary-, lo desestabiliza: convierte la mirada en un ejercicio reflexivo y resistente, devolviendo al sujeto una agencia visual que el sistema había intentado clausurar.
De ahí la urgencia de cultivar una mirada desobediente, una capacidad de ver contra la dirección que nos es impuesta y de sostener la fricción que emerge ante las imágenes que incomodan (designo el calificativo de incómodo a toda aquella imagen que obligue a pensar). En el ámbito del arte crítico, la incomodidad no constituye un defecto, sino un modo de conocimiento que interrumpe las narrativas dominantes y revela las zonas de conflicto que suelen permanecer ocultas. Al exponernos a imágenes que perturban —por su crudeza, su ambigüedad o su resistencia a ser consumidas rápidamente— el arte nos confronta con los límites de nuestra propia percepción y, al hacerlo, reactiva nuestra sensibilidad crítica. En este proceso, la desobediencia visual se convierte en un acto de emancipación.
Llegados a este punto, resulta especialmente pertinente recordar las palabras de Hannah Arendt: «Pensar siempre significa pensar críticamente. Y pensar críticamente es siempre ser hostil. […] no hay pensamientos peligrosos por la sencilla razón de que pensar, en sí mismo, es una tarea muy peligrosa; pero yo diría que no pensar, no razonar, es todavía más peligroso.»[3] En este sentido, pensar o, lo que es lo mismo, mirar imágenes incómodas implica asumir una responsabilidad que no recae solo en el espectador, sino también —y de manera decisiva— en quien ejerce la labor curatorial. El comisario de arte no es un mero organizador de objetos, sino un mediador de experiencias visuales que pueden activar o adormecer la capacidad crítica del público. Su papel exige, por tanto, el coraje de mostrar aquello que perturba, aquello que incomoda o que tensiona las narrativas dominantes. Exhibir imágenes que obligan a pensar no es un gesto provocador sino un acto ético: una invitación a enfrentar lo que preferiríamos evitar y, al hacerlo, a reabrir la potencia transformadora de la mirada.
Esa mirada que se separa de los brazos y corta el espacio de su actividad sumisa para insertar en él un espacio de libre inactividad es una buena definición de disenso, el choque de dos regímenes de sensorialidad.[4]
Adonay Bermúdez (Lanzarote, España. 1985) es comisario y crítico de arte independiente. Ha comisariado exposiciones para MUDAS (Portugal), Museo Nacional de Costa Rica, Centro de Cultura Contemporánea Condeduque (Madrid), CAAM (Gran Canaria), Artpace San Antonio (EEUU), Centro de Arte Contemporáneo de Quito (Ecuador), Instituto Cervantes de Roma, TEA Tenerife Espacio de las Artes, Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de Costa Rica, CCCC (Valencia), X Biennale di Soncino (Italia), Museo Barjola (Asturias) o ExTeresa Arte Actual (México), entre otros. Fue director del Festival Internacional de Videoarte “Entre islas” (2014-2017), comité asesor de Over The Real International Videoart Festival (Italia, 2016-2018), comisario en 2018 de Contemporary Art Month de San Antonio (EE.UU.), comisario de INJUVE 2022 (Gobierno de España) y Director Artístico de la XI Bienal de Arte de Lanzarote 2022/2023. Conferenciante habitual en diferentes universidades y museos de Iberoamérica. Actualmente es crítico de arte para ABC Cultural y Revista Segno.
[1] Crary, Jonathan: Las técnicas del observador. Cendeac. Murcia, 2008, p 16.
[2] Foucault, Michel: Vigilar y castigar. Siglo XXI Editores. Madrid, 2025, p 180.
[3] Arendt, Hannah, entrevista para la televisión francesa en el programa Un certain regar: Hannah Arendt, 1973. Entrevistada por Roger Herrera.
[4] Rancière, Jacques: El espectador emancipado. Ediciones Manantial. Buenos Aires, 2014, p 63.
