Our obedience produces monsters. Hacia un devenir revolucionario

Gisela Chillida
Diciembre 21, 2022
DEMOCRACIA, Order III (detail), 2017.
DEMOCRACIA, Order III (detail), 2017.

En una sociedad tardocapitalista puede que haya pocas actividades humanas tan polarizadas como la práctica artística: puede ser una de las más revolucionarias al no estar reducida a valores utilitarios, funcionales, cuantitativos, ponderables, a la vez que desde hace tiempo se ha convertido uno de los terrenos más fértiles para maniobras de especulación, gentrificación, domesticación. De aquí que sea tan importante el posicionamiento del artista y su compromiso con la lucha cultural contra la cultura de la cancelación, la autoexplotación, el neoliberalismo woke y el artwashing de lo más variopinto. Si no somos capaces de cuestionar el sistema perpetuamos sus desigualdades. Pienso entonces en el apremiante imperativo de reposicionarnos políticamente en aras de una transformación radical. Solo así lograremos un arte verdaderamente revolucionario¹.

 

Está claro que cualquier transformación debe ser siempre colectiva e interseccional, pues un cambio restringido a una sóla esfera nunca podrá resolver enteramente el inminente colapso —social, ecológico, económico…—.  Entonces, ¿qué papel debería de ocupar el arte en estos procesos refundadores a los que nos referimos? La reforma que activa el arte se manifiesta a través de sus acciones sobre la cultura, por eso, un arte verdaderamente revolucionario será aquel cuyo objetivo sea quebrar la cultura entendida en su concepción burguesa de industria cultural y de patrimonio, la cultura como Ministerio e instrumento de control. Y es en ese transformar la cultura donde se encuentra el momento político del arte, donde éste se vuelve relevante políticamente. Un arte político no es un arte que utiliza lo político como temática. De hecho, el arte autoproclamado como político suele ser una mera estetización de los problemas políticos que neutraliza cualquier tentativa revolucionaria.

 

La transformación social nunca será completa sin una revolución cultural. Y, dicho a la inversa, un arte que no esté comprometido con la transformación cultural, tendrá siempre un efecto contrarrevolucionario. Si nos ponemos del lado de la industria cultural y de la mercancía, seguiremos anquilosando las dinámicas actuales. Con el poder nunca se establecen alianzas sino relaciones de vasallaje, de sometimiento, de dependencia, de obediencia, de abuso. En cambio, si funcionamos como resistencia, como ataque, podemos demostrar que otras vías son posibles. Así, el arte puede (y debe) ser una de las claves que impulse la transformación radical. Esto es lo primero que hay que entender para saber dónde debe situarse políticamente el artista. Necesitamos artistas que se comprometan tanto con la acción política como con la creación artística, que no hagan arte político sino que hagan políticamente arte, parafraseando a Godard. Como el colectivo DEMOCRACIA, Núria Güell o Eugenio Merino, artistas capaces de poner en jaque al sistema a través de su práctica artística. Artistas que se coman a los ricos, artistas apátridas, artistas que quemen al Rey… un arte entendido como acción, como destello, como golpe y gatillazo, como andamio, un arte prometeico.

 

¿Y qué es lo más revolucionario que se puede activar desde la práctica artística? Adorno (y algunos otros), han defendido que lo más revolucionario del arte es su autonomía, en tanto que su mera existencia ya supone una crítica a la sociedad. Pero un arte independiente y emancipado puede ser también un arte profundamente egoísta y ensimismado. Por eso, a día de hoy la práctica artística verdaderamente necesaria sólo puede operar desde la táctica negativa y el relato contrahegemónico: anti-capitalista, anti-patriarcal, anti-colonial, anti-clasista, anti-todo. Esto es, poniendo en práctica una lógica de la resistencia que si no puede llegar a ser propositiva, será destructiva. Aunque sabemos que nuestra capacidad incendiaria es mínima comparada con una bomba orsini y que un museo o una galería jamás tendrán la fuerza de un arsenal. Pero eso no debería desalentarnos. Dice Deleuze que aunque la revolución fracase, luego de ella siempre saldremos diferentes y los problemas ya serán otros. Esto es, no hay revolución fracasada, sino inconclusa.

 

Gisela Chillida

 

 

1. Utilizamos el término revolución por su connotaciones quizá anacrónicas, pero servirían también: revuelta, motín, rebelión, contestación, insurrección… y cualquier vocablo que indique una transformación radical del sistema en todos sus niveles (político, social, económico, cultural, tecnológico…). Claro está, para ir hacia un mundo más justo, igualitario, sostenible…