Navegar por el mundo del arte pasa por aprender sus normas y sus códigos, muchos de ellos sedimentados desde hace siglos. Aunque no formen parte de un decálogo explícito, logramos identificarlos e integrarlos de forma casi inconsciente en nuestras coreografías para terminar, en muchos casos, preguntándonos por su naturaleza opaca. Para Marina Vargas, aproximarse a estos sistemas establecidos ha supuesto también encontrar herramientas desde las cuales cuestionarlos, tensionarlos y sabotearlos.
Es precisamente esta capacidad de análisis crítico de un sistema y de sus lógicas la que guía gran parte de la exposición que podemos visitar hasta el día 23 de mayo en la galería ADN de Barcelona: ‘Ni animal ni tampoco ángel. Anatomía de la imagen’.
La artista granadina confiesa encontrarse en una etapa de expansión en su carrera que la está llevando a presentar su trabajo en contextos expositivos cada vez más amplios y exigentes, como fue el caso, en 2025, del Museo Thyssen-Bornemisza en la muestra ‘Marina Vargas: Revelaciones’. En este contexto, marcado por la limitación de los tiempos de producción, Vargas rompe con una de las normas no escritas del mercado del arte para rescatar, bajo una nueva luz, un conjunto de obras creadas entre 2015 y 2021.
Para Marina Vargas, su obra no es un objeto cerrado, sino un organismo vivo que no se agota cuando se produce ni cuando se muestra por primera vez. Las piezas tienen lo que ella identifica como “caminos de vida”, ciclos desde los cuales las obras transitan temporalidades distintas a los marcos expositivos habituales, lo que le permite cuestionar la lógica dominante que suele afirmar que “lo visto está muerto”. Traer al espacio expositivo de ADN estas obras le ha permitido revisitarlas, revelar nuevas narrativas y también cerrar un ciclo que se inició con ellas.

